Su risa tenía una cadencia musical que me recordó las notas más profundas del xilófono de mi infancia. Por extraño que parezca, la música machacona de la orquesta y el estrépito de los platos en la cocina quedaron apagados por el sonido melódico y apacible de su risa. Todo pareció discurrir a cámara lenta cuando contemplé la sonrisa en sus labios y sus risueños ojos; por un momento quedé prendada de su encanto. Esos ojos castaños me envolvían en una dulce calidez, como el sol en un atardecer estival, y una vez más fundían la helada tundra de mi corazón.

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